MALDITA POLICÍA
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(Alejandro Maciel)
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La nuestra, la actual, estimada señora, apreciado señor, es una sociedad de contradicciones. Hegel la hubiese santificado en nombre de la dialéctica pero sigo pensando que, en algunas cosas, en unos pocos principios lógicos, nos convendría ser un poco más racionales y pensar antes de actuar, no después.
Fíjese usted lo que hacemos con las policías, hablo de la policía correntina, de la nacional, la municipal y hasta la que Macri quiere para gobernar tranquilo la Reina del Plata.
¿Qué hacemos como sociedad?
Convocamos jóvenes en todo el país, los formamos en el uso de las armas, en las tácticas ofensivas y defensivas, les enseñamos las mil y una forma de delitos habidos y por haber para hacerlos expertos en su detección. Los adoctrinamos en el conocimiento de las leyes, las formas de eludirlas y las formas de encubrir su obediencia. Los entrenamos en tiro, defensa física, puntería, ataques y toda forma de intimidación física de las personas. Luego de tan arduo perfeccionamiento les damos el cargo de policía prohibiéndole desempeñar otra tarea para obtener ingresos. Como empleados del Estado perciben un sueldo que muchas veces no cubre siquiera sus gastos personales; pero además les exigimos que se compren sus propios chalecos antibalas, la gorra, los borceguíes, las balas, y en algunos sitios hasta las armas reglamentarias. O si no les alcanza el dinero, pues que salgan a la calle armados con honda y balines de barro.
Este señor (o ahora también señora) policía tiene una familia a la que bombardeamos por radio y TV ofreciéndoles ropas de marca, autos, viajes, perfumes, teléfonos y toda la quincallería que el moderno mundo del márqueting exige para vivir acorde con los tiempos posmodernos.
La sana sociedad liberal nos propone la libre competencia que implica la ambición personal de mejorar cada día el nivel de vida. Eso se lo admitimos a los empresarios, a los comerciantes, ni qué decir a los bancos.
¿Y la policía? ¿Debe resignarse a vivir de condecoraciones?
Hay algo que falla en esta ecuación de primer grado sin incógnitas: ¿Por qué ese señor muy mal pago debería arriesgar su vida, que es lo único que le dejamos, para defender mi casa, mi auto o mi negocio?
Se me dirá: lo ata un juramento.
Les respondo: también los ministros juran, lo he visto jurando a Domingo Cavallo, a María Julia Alsogaray, a Martínez de Hoz. Seguramente ustedes también los vieron jurando. ¡Si habremos visto juramentos los argentinos! Les juro que es lo que más vimos.
Pero volvamos a nuestra ecuación: entonces tenemos un señor al que le pagamos un sueldo casi miserable, al que ni siquiera equipamos con todos los implementos para defenderse de los delincuentes, al que no permitimos trabajar en otro desempeño, al que amaestramos en el uso de armas y al que enseñamos todas las trampas de la ley. Individualmente todos parecemos muy honestos pero colectivamente la sociedad no parece tan perfecta como el hogar de la familia Ingalls. ¿Y de qué valores hablamos cuando exigimos a este señor que defienda la ley? ¿Por qué le pido que exponga su vida para proteger mi casa, mi vida o mi familia? ¿Qué le damos a cambio? ¿Medallitas de colores? ¿Cintas ribonettes?
¿Estamos todos locos?
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