Tal como había solicitado la Fiscalía de Nueva York, el multimillonario y estafador Bernard Madoff recibió la sentencia que lo condena a 150 años de prisión, máxima pena que admiten los tribunales de ese Estado.
Mister Madoff fue uno de los más encumbrados financistas de la Bolsa de Valores de Nueva York, ese edificio donde trabajar significa especular, es decir, prever los movimientos del mercado para comprar o vender acciones de compañías que tienen ramificaciones en todo el mundo.
Si una guerra amenaza, por ejemplo, el conflictivo Medio Oriente, las acciones de las compañías petroleras rápidamente cotizan más ya que se espera que la escasez aumente el precio del crudo y en esta simple maniobra van y vienen miles de millones y los bonos se movilizan y hay empresas que caen cuando otras se levantan.
El darwinismo financiero es un estanque de tiburones pero detrás de las operaciones existe un código: si de suyo el oficio es sospechoso, a los operadores se les exige una decencia casi calvinista, transparencia en las operaciones y solidez financiera.
En veinte años, sigilosamente, Bernard Madoff rompió el código, produjo movimientos financieros tóxicos, y la cadena de fraudes desató una verdadera catarata de efectos en al menos 1700 entidades crediticias y financieras que perjudicaron a clientes e inversores, muchos de los cuales terminaron en la ruina y la indigencia.
El despacho español Calvo Sotelo & Cremades, vinculado al Banco Santander, uno de los damnificados por la multimillonaria estafa, calcula que las víctimas directas se estiman en más de 1 millón. Tal vez esto nos extrañe, pero en el Norte, la gente del común ahorra toda su vida invirtiendo en operaciones financieras que se manejan a través de los bancos. De este modo, tal como sucedió con nuestro “corralito financiero” millones de personas (no millonarios) se vieron repentinamente arruinados después de haber trabajado y ahorrado honestamente durante toda su vida. El señor Madoff pulverizó sus sueños.
Pero toda esta gente, al menos, tiene la satisfacción de ver al autor en la cárcel, al juez Denny Chin no le tembló el pulso para sentenciar al acusado a 150 años, obviamente simbólicos, ya que Madoff tiene 71 años. Pero estos 150 “a cuenta del otario” servirán para enviarlo a una cárcel de máxima seguridad, alojado entre asesinos y violadores. De nada le servirán los miles de millones que acumuló (y no se sabe dónde están) ya que con esta condena no puede esperar disminución de la pena ni prisión domiciliaria. Deberá estar hasta el último segundo de su vida en reclusión, rodeado de criminales en las escasas horas de recreo y aislado, solo y abandonado, la mayor parte del tiempo. El día del veredicto no estaban ni su esposa, ni sus hijos, ni los infaltables amigos y amigas que animaban las suntuosas fiestas que organizaba cada fin de mes, o lo acompañaban en los viajes en yate, o en las recepciones lujosas en su mansión de California. Todos sus bienes le fueron confiscados para amortiguar la deuda que produjo; a la esposa, Ruth Madoff, sólo le permitieron conservar de lo que tenía en su cuenta bancaria y ni siquiera la peluquería donde se retocaba antes de salir la acepta como clienta.
Todo esto merece algunas puntuaciones.
Primero, que evidentemente las Cortes de EEUU no son sensibles a los sobornos, presiones ni acomodos de ningún tipo.
Segundo, que la materia monetaria sigue siendo sagrada en la capital del Capital, nunca se han visto sanciones similares a criminales de guerra, golpistas latinoamericanos refugiados en EEUU, asesinos de toda laya que si bien fueron condenados, se conformaron con sentencias mucho más humildes de 8 a 20 años.
Tercero, que tal como me observaba mi amiga Aída Aisenson Kogan, el catolicismo está por debajo de los tribunales ordinarios ya que entre los 7 pecados capitales diseñados por el Papa Gregorio Magno, no figura la codicia, que es desear los bienes ajenos (como sucedió con Mr. Madoff) sino la avaricia, que es el excesivo apego a los bienes propios.
¿Qué me importa que mi vecino sea cicatero, si no representa una amenaza para mí? Sin embargo, la ristra de pecados dejó suelta a la codicia ¡Y ya ven, queridos lectores, atentas lectoras, adónde llevó esta bestia suelta al financista de Nasdaq!
Y después decimos que los papas son infalibles….
Alejandro Maciel, julio 2009.
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