domingo, 26 de octubre de 2008

PREFACIO DEL LIBRO

"LOS SUEÑOS DE LA ETERNIDAD"

de Alejandro Maciel


Propósito de estos escritos impíos.

Un día domingo lluvioso frente al televisor me detuve a pensar en la homilía que un sacerdote enfatizaba desde el púlpito de cierta catedral norteamericana de un estilo austero y aséptico, con ángeles de plástico y estuco en las columnas imitando un mármol travertino escandalosamente postizo y de pésimo gusto. El pastor aseguraba que el paulatino y progresivo alejamiento del hombre[1] de los Diez Mandamientos era la causa del reinado del terror en el mundo inmundo, asestó.

Me puse a repasar mentalmente los Diez Mandamientos y, por ejemplo el simple “no matarás” no tiene su correspondiente desarrollo de aplicación; no me dice qué hacer si un señor con muy malas intenciones entrare armado en mi casa, matare a toda persona que encontrase en su camino y yo tuviese un arma a mano. ¿Qué debo hacer?, ¿salvar al resto de mi familia del criminal con una buena dosis de plomo? ¿O debo atenerme al mandamiento y dejar que asesine impunemente a todos, incluyéndome? El mandamiento dice secamente: “No matarás” y con esa proposición negativa exhortativa paraliza todas mis acciones.

Otro mandamiento dice claramente: “No desearás la mujer de tu prójimo” y aquí hallo dos o tres objeciones. Primero, ¿las mujeres están libres del inciso nuevamente? Ya empiezo a sospechar una discriminación misántropa en el Decálogo. ¿Acaso las mujeres pueden desear libremente maridos ajenos y hasta hacerle proposiciones pícaras o procaces? Pero lo más grave es que la orden se impone a un ciego ya que todos sabemos que el deseo lo es, hasta la fecha no se halló fórmula alguna capaz de  neutralizar un deseo; hubiese sido más sensato ordenar no consumar las malas apetencias, no cumplir los malos deseos, dejarlos de lado, sepultarlos en lo hondo del alma, enviarlos a la Gehena pero nunca dejar de reconocer su existencia porque “brotan del aire” como me decía cierta amiga, adúltera consuetudinaria. En otras palabras, puedo abstenerme de consumar deseos en la práctica, pero no de cesar todo deseo en teoría a menos que esté aguardando mi turno de sepelio.

“No mentirás”, a secas, ya es una mentira. De Quincey[2] se encargó de mostrar que hasta un filósofo tan inteligente como el señor Kant es capaz de llegar al absurdo siguiendo al pie de la letra esta receta obsesiva. 

Así pueden repasar el decálogo y verán por ustedes mismos (y mismas) que cada código restrictivo (no harás esto, no harás lo otro&hellipGuiño tiene zonas frágiles, opacidades y faltan las pautas de aplicación. Las normas positivas se limitan a ordenar sentimientos: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas”, perdón don Dios pero yo no comando mis amores, ¿qué hago si no me puedo enamorar de Usted?[3]¿Finjo mal, como los galanes de las telenovelas mejicanas de Televisa? Pero eso sería mentir y Usted también me lo prohíbe, ya ve don Yahveh, ¡estoy atrapado entre dos mandamientos!

Pero si vamos más lejos el digesto sagrado nunca aborda  de un modo claro los límites de la imputabilidad. Nada  nos dice acerca  de los alienados, los dementes, y sobre todo la minoridad. ¿Desde qué edad estoy obligado a cumplir los Mandamientos? Estrujé biblias, nuevos y viejos testamentos, levíticos enteros, deuteronomios de cabo a rabo y no conseguí responder esta simple pregunta: ¿cuándo empiezan a imperar mis obligaciones? ¿Qué hora de qué día de qué mes de qué año empieza a regir la norma para corregir mi conducta  y evitar el descarrío del pecado? Esto, que parece superfluo es de vital importancia ya que fija definitivamente el inicio de mi responsabilidad civil, familiar y social y me hace moralmente imputable en caso de transgredir las leyes; el Código Civil no debería ser más perfecto que Yahveh y sin embargo no existe uno sobre la Tierra (que yo sepa) que ignore este principio básico. Seguí mesándome la cabellera escasa sin conseguir resolver la cuestión y en eso estaba cuando se me apareció el demonio de monsieur Descartes acosándome con preguntas: ¿Quién asegura, decía le granuja, que el Pentateuco sea preferible al Corán o los antiquísimos Vedas? ¿Dónde está la firma hológrafa del Autor en cada texto? ¿Por qué insistir buscando en un libro toda la verdad? Obviamente, porque el Pentateuco es de inspiración sagrada, repuse, ¿acaso me instigarás a investigar el código de Dios en las novelas del valenciano Blasco Ibáñez que tienen en mí cierto poder somnífero del que no puedo sustraerme?

Ya se sabe que discutir con los demonios es tarea de tarados, pero debo reconocer si me restara algo de honestidad intelectual que su pregunta quedó resonando en las cavernas de mi alma. ¿Por qué insistir con el fanatismo monoteísta, monótono, monógamo y monóbiblo? ¿Acaso las éticas de Aristóteles no son igualmente edificantes? ¿Acaso Platón en “Las leyes” predica el dolo, el crimen, el estraperlo y la fanfarronería? ¿No hay gente redimida tras la lectura de Cicerón? ¿Alguien salió ileso en su maldad después de leer al cordobés Séneca?

Cuando creí que el demonio hesitante me había devuelto la paz y dispuse las sábanas para el desquite diario del sueño, el muy malandra volvió a inmiscuirse en mis cavilaciones horizontales y juró no cejar en sus acosos a menos que escribiese yo este “Própósito” para explicar por qué les propongo, erudito lector, clarividente lectora hacer este recorrido desordenado a través de la Biblia, la idea de la eternidad que anima los santos dictados, los sueños y algunas obras de nuestra civilización que nos proporcionaren algunas pistas sobre estas tópicas utópicas.

Cumplo entonces con Lucifer antes de rezar a Jahveh pidiendo me dé descanso al cuerpo, paz al alma y moderación a la Dirección Impositiva que se viene transformando mes a mes en un purgatorio crediticio armado de prorrateos, porcentuales, tasas y otras entelequias igualmente malignas que me van despojando de mis bienes bien habidos con el debido sudor de la frente con el que maldijo Dios a la raza por haberle hurtado una manzana; sin menguar jamás un ápice de mis males que los dejan intactos.

Desde hace por lo menos tres mil años Dios y el Estado nos vienen cobrando deudas, ¿acaso aprendió el uno del Otro? ¿O son la misma cosa?

Cuando la Iglesia olvidó el diezmo, el Estado inventó el IVA.

Dios nos libre de ambos y así sea.






[1] El clérigo dijo claramente “hombres”, las mujeres no son hombres, ergo el 50% de la población constituida por la suma de niñas, señoritas, señoras y viudas deberían agradecerle el haberlas librado  del proceso de malversación humana al que aludía el prelado en su homilía edificante. Sólo los hombres somos responsables del estropicio social.

[2] En “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” donde señala que el criticista recomendaba llevar esta consigna a estos extremos: si yo viese pasar a una persona a quien persigue un asesino armado y el criminal me preguntase dónde se ocultó la víctima es mi deber responderle la verdad aunque supiese las consecuencias que acarrearía. Esto plantea dos problemas: uno civil y otro legal. El moral dice que el uso de la información que yo proporcionara en dichas circunstancias es inmoral y hasta tóxico para la futura víctima. El legal,  me convertiría en cómplice del asesinato o, como gusta decir a nuestros modernos letrados “autor en grado secundario”.

[3] Infrinjo las normas gramaticales, pero tratándose de Dios no puedo escribir “usted” sin mayúsculas. No es mi cuñado ni su primo, mi atenta lectora, ¡se trata de Dios!


Tags: Tiempo y eternidad, alejandro maciel, la Biblia y la eternidad

Publicado por Desconocido @ 20:11
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Comentarios
Con tal prefacio, ya gustaría leer el libro sobre la eternidad a pesar de ser humanos y pasajeros.
Ángel Carsin, Córdoba, Argentina.
Publicado por talomac
sábado, 08 de noviembre de 2008 | 22:04